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OPINIÓN

Enrique Tadeo R., Asesor de Seguridad, Infraestructuras Críticas, Emergencias y Loss Prevention

Seguridad en eventos públicos

Como padre, uno no deja de preocuparse por la seguridad de sus hijos, y si además uno se dedica a esto, la preocupación es aún mayor.

 Los hechos ocurridos en la noche de Halloween de 2012 en Madrid parecen haber marcado un punto de inflexión igual que lo hiciera el 11-S o el 11-M en materia de seguridad, aunque lamentablemente algunas administraciones no asimilan estas necesidades y siguen con sus modelos de gestión carentes de una perspectiva preventiva, que, bien por desconocimiento o por burocracia, no se atreven a aplicar correctamente.

Cuando hablamos del Madrid Arena, estamos hablando de macroeventos de pública concurrencia, espectáculos donde la afluencia de público se cuenta por miles o decenas de miles y donde la gestión en materia de seguridad tiene poco que ver con las actuaciones en teatros o cines. Ya sean en espacios acotados al aire libre, o en recintos cerrados, sus medidas de seguridad están claramente definidas por normativas, las cuales deben ser cumplidas escrupulosamente para evitar tragedias y lamentos por carecer de ellas.

Como ejemplo claro y evidente, tenemos los estadios de fútbol, donde la celebración de partidos en estas instalaciones cuenta incluso con su propia normativa federativa de carácter internacional (FIFA). Pero es que los eventos públicos también cuentan con numerosa normativa propia. A nivel nacional, nos encontramos con dos leyes principales: la Ley 2/1985 sobre Protección Civil y la Ley Orgánica 1/1992 sobre Protección de la Seguridad Ciudadana. Fruto de las cuales surge en 2007 el RD 393/2007 (Norma Básica de Autoprotección, NBA), que, en su aplicación en estos eventos públicos, plantea la necesidad de proteger de forma autónoma a los visitantes y usuarios de actividades que pudieran dar origen a situaciones de emergencia, estableciendo unos contenidos mínimos que deben estar incluidos dentro del propio Plan de Autoprotección (PAU), sobre todo en aquellas circunstancias en las que por su gran afluencia de público requieren de una actuación concreta ante la presencia de unos riesgos específicos.

Un repaso histórico arroja cifras de vértigo. Cada vez más, los aforos se aumentan en decenas de miles de personas, sin embargo, las exigencias en materia de seguridad y emergencias no se adaptan a los riesgos in crescendo que esto provoca. El Love Parade (Alemania, 2010), el Madrid Arena (Madrid, 2012) o la Discoteca Kiss (Brasil, 2013) son claros ejemplos de cómo la previsión y la planificación son fundamentales para aplicar políticas preventivas que eviten la pérdida de vidas humanas.

La producción de grandes eventos públicos en pro de la cultura ha pasado en los últimos años a convertirse en una formula fácil y rápida de ganar mucho dinero, y los cálculos así lo demuestran. Ante un mismo coste en la producción, los beneficios solo variaran en función del número de asistentes al mismo; por tanto, las discotecas y pub se quedan pequeños para tan interesante e ingente negocio. Esta necesidad de mayor espacio físico plantea a los productores la urgencia de contar con recintos de titularidad pública, muchas veces cedidos por las administraciones locales mediante convenios de colaboración. Estos recintos, por lo general instalaciones deportivas, están desprovistos de medidas de seguridad específicas para albergar dichos macroeventos, ya que están pensados para otro tipo de público, sentado en gradas. Si a eso le unimos la venta de bebidas alcohólicas y el perfil juvenil de los asistentes, el resultado parece ser más que evidente.

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