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Revista Seguritecnia Edición impresa
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OPINIÓN

Pedro Rolandi, Director General de Target Tecnología

Protección de infraestructuras críticas contra amenazas químicas

El Plan Nacional de Protección de Infraestructuras Críticas las define como: “Aquellas instalaciones, redes, servicios y equipos físicos y de tecnología de la información cuya interrupción o destrucción tendría un impacto mayor en la salud, la seguridad o el bienestar económico de los ciudadanos o en el eficaz funcionamiento de las instituciones del Estado y de las administraciones públicas“.

Por tanto, el término “infraestructura crítica” se refiere a la columna vertebral básica de la economía de una sociedad en funcionamiento. Algunos ejemplos incluyen instalaciones y servicios asociados con energía, petróleo, telecomunicaciones, agricultura, agua y alcantarillado, salud pública, transporte y una gran cantidad de instalaciones gubernamentales.

Un ataque masivo y coordinado a alguno o varios de estos sectores establecen una condición importante y crítica para una nación, pues se pone en juego la estabilidad de la misma y la confianza de la ciudadanía en el Estado para enfrentarse a estas amenazas.

Para proteger adecuadamente las infraestructuras críticas, debemos también considerar el aspecto humano. Esto incluye a las personas que trabajan en estas instalaciones y, en muchos casos, a los clientes y usuarios que dependen de esta infraestructura.

Una de las amenazas potenciales más peligrosas y a la vez más posible sobre las Infraestructuras Criticas es el ataque mediante la liberación de agresivos químicos en el ambiente, lo que produciría un efecto muy notable sobre las personas y sobre el funcionamiento en sí de la infraestructura.

El posible uso de Químicos Industriales Tóxicos (conocidos como TIC  por sus siglas en inglés), como medio de ataque en lugar de los Agentes de Guerra Químicas convencionales (AGQ) está altamente contemplado por los expertos en contra-terrorismo y por las autoridades gubernamentales. Muchos productos químicos que se producen a gran escala y que son utilizados en la vida diaria, pueden causar daños significativos si son liberados a la atmósfera, ya sea de forma accidental o con intención maliciosa.

Vulnerabilidad en el transporte 

Para muchos observadores, el famoso ataque con gas Sarín en el metro de Tokio de 1995, perpetrado por la secta Aum Shinrikyo (actualmente conocida como Aleph), fue una llamada de atención. El ataque se llevó a cabo en la mañana del 20 de marzo de 1995, cuando miembros de la secta liberaron “Sarin”, un Agente de Guerra Química, en un ataque coordinado contra cinco trenes en el metro de Tokio, uno de los sistemas de transporte de cercanías más activos del mundo. Fallecieron trece personas, cincuenta y cuatro resultaron gravemente intoxicadas y más de 900 personas fueron afectadas por la liberación del gas. Algunas estimaciones no confirmadas, afirman que hasta 5.000 personas resultaron heridas por el gas tóxico.

Posteriormente, durante la tarde del 5 de mayo de 1995 se encontró un dispositivo con control remoto en un baño de la estación de metro Kayabacho de Tokio. Este dispositivo podría haber liberado una cantidad mortal de gas de cianuro de hidrógeno o ácido cianhídrico en el sistema de ventilación, si no hubiera sido descubierto y desactivado. Posteriormente, se hallaron otros dispositivos sin activar en otros lugares del metro de Tokio. La colocación de estos dispositivos se atribuyó a la misma secta que había perpetrado los ataques del gas Sarín.

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Más recientemente, en enero de 2005 en Carolina del Sur, EE.UU, un tren que transportaba tres tanques cargados con cloro chocó con un tren que se encontraba estacionado. Uno de los depósitos, que contenía unas 90 toneladas de cloro líquido, se rompió y liberó esta sustancia en forma de gas a la atmósfera, produciendo una gran nube tóxica.

Según el informe oficial, el conductor del tren y otras ocho personas murieron debido a la inhalación de gas cloro. Más de 500 personas fueron atendidas por dificultades respiratorias y llevadas a hospitales locales. Para impedir un mayor número de intoxicaciones, se ordenó la evacuación de más de 5.000 personas que vivían en las cercanías del lugar del accidente.

Según las estimaciones, un ataque terrorista a una cisterna de cloro transportada por carretera o por tren, mediante una carga explosiva que rompa el recipiente a presión, podría liberar una nube tóxica de gas cloro de hasta 20 kilómetros de ancho. Aun tratándose de una sobreestimación, el impacto producido por una nube de un gas tóxico es difícil de comprender. Se perderían vidas, los daños sobre los sistemas respiratorios humanos serían irreversibles y en la zona de liberación, todas las plantas y la vida animal serían seriamente dañadas.

Si tal evento tiene lugar en una ciudad, las estimaciones sugieren que una nube de este tamaño podría matar o herir a 100.000 personas en 30 minutos. Un vertido junto a un edificio de oficinas o un transporte público por ferrocarril, tendría un impacto inestimable en la vida y la salud.

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