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OPINIÓN

César Mayoral Gallego , Director general de Legal Planning

La integración de los planes de autoprotección en los planes de seguridad

Como director de Seguridad del Palacio de los Deportes de Madrid y responsable de una ingeniería dedicada, casi en exclusividad, a la elaboración e implantación de planes de autoprotección, me di cuenta que ambas disciplinas caminan en el mismo sentido, pero de forma paralela, por lo que hay que terminar de unirlas.

Me explico. En cuanto al Plan de Seguridad, sabemos que la figura competente para llevarlo a cabo es el director de Seguridad, quien decide y establece los métodos de análisis de riesgos, evalúa los riesgos a los que está sometida la actividad, la organización operativa, etc. Por otro lado, es la Norma Básica de Autoprotección 393/2007 la que, por lo general, instaura el orden del Plan de Autoprotección, si bien es cierto que el método de análisis de riesgos y organización de la emergencia lo establece el técnico competente y, en ocasiones, lo hace con el titular de la actividad.

Establecidas estas dos líneas maestras, nos damos cuenta de que los riesgos que analizamos en materia de seguridad son diferentes a los de las emergencias. Sin embargo, es el director de seguridad quien tiene que tender a unirlos. La pregunta es: ¿cuál es el elemento de cohesión de estos dos documentos? Sin lugar a dudas, la implantación.

Como sabemos, la implantación tiene dos partes fundamentales: la formación de las personas designadas y el simulacro, ya sea de seguridad o emergencias. En ocasiones podemos pensar, por imposición o a título personal, que la formación es definitivamente lo más importante para que las personas sepan lo que tienen que hacer y que una formación anual es suficiente para llevar a cabo con éxito una posible resolución de la emergencia o conflicto, se produzca diez minutos o doscientos días después de la acción de capacitación. En cierto modo es cierto, pero hay otros aspectos qué debemos tener en cuenta.

En primer lugar, hay un elemento constante que viene determinado por cómo el individuo está “construido” genéticamente; es decir, hay personas muy propensas a asumir situaciones de riesgo mientras otras lo son poco.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta la situación particular de esa persona en ese día y en esa hora, ya que puede estar afectada psicológica y físicamente por circunstancias puntuales de su vida personal o laboral que afectan a su toma de decisiones.

La combinación de estos tres elementos, formación, genética y circunstancia, es la que decidirá la actuación en caso de emergencia o conflicto de un individuo y, por lo tanto, no solamente depende de la formación periódica.

Supongamos que se ha nombrado como miembro de un equipo de emergencia a una persona del equipo de seguridad con tendencia a sufrir ataques de estrés, o que no dispone –de base o temporalmente– de la serenidad y claridad mental necesarias ante situaciones de peligro y que, por tanto, le impiden analizar información y tomar decisiones con rapidez. ¿Quién ha analizado este aspecto? Normalmente los nombramientos se realizan basándose en el trabajo que desarrolla el profesional dentro de la organización. ¿Este aspecto goza de suficiente garantía frente a la persona nombrada y al responsable que lo nombra?

Puede leer el artículo completo, aquí.

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