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OPINIÓN

Albert Grau, Comité de Productos de Protección Pasiva de Tecnifuego

Edificios de energía casi nula: una visión desde la seguridad

La eficiencia energética de los edificios no es una tendencia de estos días ni está impulsada por fundamentalistas que luchan por la sostenibilidad ambiental y contra el cambio climático. La eficiencia energética ya es una necesidad de lo que hemos dado en llamar “sociedad del bienestar”.

El hecho de que el sector de la edificación represente el 40 por ciento del consumo total de energía en la Unión Europea (y el 35% de las emisiones de gases de efecto invernadero) ha sido motor de una corriente regulatoria proclive a fomentar que las nuevas construcciones se sometan a criterios más estrictos de eficiencia energética.

Así surgió la figura de los Edificios de Energía Casi Nula (EECN), definidos por la Directiva Europea 2002/91/CE en estos términos: “Es aquel edificio […] con un nivel de eficiencia energética muy alto […]. La cantidad casi nula o muy baja de energía requerida debería estar cubierta, en muy amplia medida, por energía procedente de fuentes renovables, incluida energía procedente de fuentes renovables producida in situ o en el entorno”. Dicha directiva también establecía las siguientes medidas: 

> La obligación de llevar acciones concretas en edificios que aún no ahorran energía.

> Contemplar las condiciones climáticas del entorno del edificio a la hora de diseñarlo, con el fin de aprovechar el mismo de forma eficiente. 

> Perseguir un equilibrio entre las inversiones realizadas y los costes ahorrados a lo largo del ciclo de vida del edificio.

Con los años y los pocos avances conseguidos, el reto de la lucha contra el cambio climático se ha de multiplicar o no se conseguirá el Acuerdo de París, en el que nos comprometíamos a evitar que la temperatura global del planeta se incremente en más de 1,5 grados centígrados. Por ello, esta directiva europea fue actualizada en junio de 2018 con el fin de reconducir la ruta y, especialmente, poner el foco en el parque edificado –inicialmente casi olvidado–, que es aquél que está más lejos de aportar su granito de arena y sin cuya participación no será posible lograr el reto.

La Agencia Internacional de Energía afirma que solo se explota el 20 por ciento del potencial de eficiencia energética económicamente viable de los edificios, por lo que hay mucho por recorrer todavía. En los países de la OCDE, en 2050, entre el 75 y el 90 por ciento de los edificios seguirán en uso, y estos solo serán renovados, como máximo, una vez más antes de esa fecha. Eso significa que debemos aprovechar esa oportunidad ahora o la perdemos. Sin embargo, ¿lo hemos de hacer de cualquier manera? Debemos pensar mucho en el cómo.

Refrendando lo anterior, y con el fin de que los Estados miembros se “pongan las pilas” hay dos artículos de la actualizada Directiva 844/2018 sobre los que quiero llamar la atención, pues vienen muy al caso:

1. Art. 2.7. Los Estados miembros podrán utilizar sus estrategias de renovación a largo plazo para hacer frente a la seguridad contra incendios y a los riesgos relacionados con actividades sísmicas intensas o incendios que afecten a las renovaciones a efectos de eficiencia energética y a la vida útil de los edificios.

2. Art. 7.5. Los Estados miembros fomentarán, en relación con los edificios sujetos a reformas importantes, instalaciones alternativas de alta eficiencia, siempre que ello sea técnica, funcional y económicamente viable, y tendrán en cuenta los temas de unas condiciones climáticas interiores saludables, la seguridad contra incendios y los riesgos relacionados con una intensa actividad sísmica.

Estos dos párrafos son una novedad absoluta en una directiva focalizada en reducir consumos, fomentar renovables y, por tanto, disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero experiencias como la Torre de Grenfell en el año 2017 han hecho reflexionar a las altas instancias europeas de que no todo vale, que los ritmos son importantes y que la edificación requiere de un tratamiento holístico en el que no se puede permitir poner una prioridad sobre otra, máxime cuando todas ambas impactan en la vida de las personas. No olvidemos que una de las máximas de la vida moderna es el derecho a sentirse cómodos, confortables y seguros en los espacios que habitamos.

Acabo esta introducción con dos reflexiones adicionales:

1. La UE presentó recientemente una estrategia para una Europa neutra para el clima en 2050: "Un planeta limpio para todos". Se estima que hasta el 97 por ciento del parque de edificios de Europa necesita una renovación parcial o profunda para estar en armonía con la estrategia a largo plazo. Lograr esto requeriría una duplicación de la tasa de renovación para 2050, e implica llegar prácticamente a que todos los edificios sean EECN.

2. Los edificios ofrecen un camino mucho más rentable para reducir las emisiones de carbono que cualquier otro sector. Europa, por ejemplo, podría ahorrar 22.000 millones de euros utilizando aislamientos para consumir menos energía y, por lo tanto, reducir las emisiones de CO2, en lugar de generar energía renovable adicional (cálculos basados en informe de BPIE de 2011).

Rehabilitar, pero hacerlo bien

Tras la lectura del informe promovido por UNESPA (Asociación Empresarial del Seguro) sobre los daños y costes derivados de incendios en 2018, y ante el dato de que más de dos tercios de los incendios en España se producen en viviendas, hay que poner el foco en que ese incendio no derive en unas consecuencias irreparables a través de la propagación del fuego a través de la fachada. Esta preocupación aparece del hecho que, cada vez más, tanto en obra nueva como en rehabilitación están en auge y casi en exclusiva las soluciones constructivas que incluyen aislamiento por el exterior.

Por tanto, y dado que la solución más vigente en la actualidad para convertir todo nuestro parque edificado en EECN es “envolver” con aislamiento todos los edificios, los nuevos y los ya existentes, hemos de tener muy claras aquellas líneas rojas que cumplan con la máxima que debe tener cualquier legislación: proteger bienes y personas, bajo la premisa del criterio de no empeoramiento en el caso de edificios a rehabilitar.

Incendio

Actualmente, los incendios se están desarrollando de cinco a 10 veces más rápido que en la década de los cincuenta. La seguridad de los ocupantes de edificios y de los primeros en responder depende, entre otras cosas, de confinar el problema y retrasar la liberación de humo (tóxico o no). No olvidemos que, según datos de la APTB (Asociación Profesional de Técnicos de Bomberos), más de la mitad de las víctimas en incendios lo son por, llamémosle, intoxicación, ya sea directa o por desalojo de oxígeno.

¿Qué propone en la actualidad y en su inminente revisión nuestro CTE-DB-SI en la transmisión por fachadas? Se pretende clasificar los riesgos solo en función de la altura del edificio, y en algunos casos diferenciar en función de las tipologías de fachadas para, base a ello y a una discutible segmentación de estos riesgos, aceptar soluciones constructivas que cumplan con unos ensayos de reacción al fuego homologados, unos ensayos que todo el mercado reconoce que “no representan” un incendio realista.

Habría que dejarse de actualizaciones paliativas, de vuelo corto y nula ambición e intentar acercarse a los países referentes europeos. Y no quedarse esperando que las Directivas Europeas nos pongan en línea a todos.

Hay varios motivos que apoyan mi razonamiento:

> Europa trabaja en dos propuestas de directiva, una sobre toxicidad de humos derivados de incendios y cómo regular el uso de los materiales que la generan, y otra sobre la estandarización de ensayos a gran escala para analizar los riesgos de materiales y soluciones constructivas de forma realista.

> Poner en el centro del debate que el riesgo debe ir asociado mayoritariamente a una variable, la facilidad-dificultad de evacuación. Hay edificios de escasa altura y alto riesgo en los que la evacuación (por la tipología de ocupantes) puede ser altamente comprometida, como es el caso de escuelas, hospitales, residencias, etc.

> Estamos en un entorno de lucha contra el cambio climático y España dispone de un parque de edificios definido como un sumidero de energía (ver introducción).

> El uso de materiales combustibles en fachada, de acuerdo al punto anterior, seguro que no disminuye el riesgo de transmisión de un incendio. Además, en edificios antiguos, donde las escaleras están estructuralmente ligadas a fachadas, pueden ser un riesgo adicional.

Por otro lado, el regulador no siempre considera la totalidad de los puntos anteriores y debe administrar otro tipo de criterios de toma de decisión, como son los de carácter económico y sectorial. Ante eso, y su habitual respuesta de “ya sabemos que esto es muy complejo”, creemos que la única opción que nos queda es hacer labor de proselitismo sobre las consecuencias de los incendios en edificios. Y a falta de unos criterios de clasificación prestacionales (ensayos a gran escala), la mejor opción es un CTE prescriptivo, pero del lado de la seguridad, y por tanto restrictivo.

La opción segura es hacerlo como los ingleses el pasado mes de octubre. Ante las dudas que les ha generado que sus ensayos a gran escala puedan no ser suficientemente aclaratorios sobre el comportamiento de la solución constructiva frente al fuego, virar hacia el lado de la seguridad y ser estrictos desde el punto de vista prescriptivo, yendo al riesgo cero.

Esto les ha llevado a avanzar hacia una inminente reforma reglamentaria en la que no se aceptará que edificios de alto riesgo de cualquier altura (escuelas, hospitales, residencias, etc.) o más altos de 18 metros, ya sean nuevos o a rehabilitar, puedan instalar materiales en las fachadas clasificados como combustibles.

¿Por qué España debe ser diferente?

Aboguemos por una propuesta ambiciosa como la de Reino Unido en la inminente actualización del CTE, que además no deje de lado el hecho de que hay zonas de los edificios que, sin cumplir con los criterios de alto riesgo o altura (por ejemplo, los patios de luces o interiores de manzana), deberían someterse a una exigencia más restrictiva si cabe, ya que son zonas en que los equipos de intervención externa no siempre tienen un fácil acceso para eliminar la propagación.

Ante la duda sobre si conocemos realmente cómo se comporta una fachada ante un incendio y que a fecha de hoy el interior de las viviendas tienen una carga de fuego muy superior a la de hace años (por los materiales sintéticos que llenan nuestros hogares), el uso de aislamiento no combustible en fachadas creará la diferencia entre "un incendio en un edificio" y un "edificio incendiado".

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