Transición Española: ¿Por qué Estados Unidos la toma como modelo para Venezuela?

Gabriela Bustelo

El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio citó explícitamente la Transición Española como referente para el futuro de Venezuela durante una comparecencia en el Senado el pasado 28 de enero. Este parámetro histórico surge tras la extracción de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 y el nombramiento de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, en un momento en que Washington busca legitimar el diálogo con sectores del antiguo régimen sin quebrar la estabilidad institucional.

El modelo español como hoja de ruta

Rubio aludió directamente al proceso que vivió España tras la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975, cuando el país navegó desde una dictadura de cuatro décadas hacia una democracia constitucional en poco más de tres años. El paralelo responde a una necesidad política inmediata: justificar por qué Estados Unidos negocia con Delcy Rodríguez —»número dos» del chavismo— en vez de imponer un gobierno extrapartidario.

La Transición Española funciona como argumento histórico porque el caso singular de cambio de modelo político demostró que una democracia pueden surgir desde el interior de una autocracia cuando existe una voluntad nacional de reforma institucional. Adolfo Suárez, que lideró el proceso aunque procedía del entorno franquista, ejemplifica el arquetipo que Washington vislumbra en la actual presidenta venezolana: figuras del régimen anterior que facilitan cambios estructurales sin una ruptura violenta.

¿Por qué la Transición Española como itinerario para Venezuela?

Rubio mencionó junto a España el caso de Paraguay, pero el ejemplo ibérico posee ventajas narrativas específicas. Primero, la Transición Española evitó desencadenar una guerra civil o cualquier otro conflicto armado prolongado (salvo el terrorismo de la banda criminal ETA). Tras décadas de inestabilidad venezolana, el traspaso pacífico de poder es una prioridad absoluta para el ejecutivo de Donald Trump. Segundo, España logró mantener la continuidad administrativa mientras renovaba su sistema político, algo esencial para evitar el colapso de los servicios básicos en Caracas.

Sin embargo, el secretario de Estado matizó las expectativas: «Esto no es una cena congelada que metes en el microondas y sale lista en dos minutos y medio», advertía Rubio, rechazando soluciones inmediatas. El calendario español (1975-1978) ofrece una perspectiva temporal realista frente a quienes exigen elecciones en semanas.

Desafíos del paralelo histórico

La comparación afronta obstáculos evidentes. La Transición Española contó con un consenso nacional entre las élites políticas (Pactos de la Moncloa), una prensa libre emergente y un rey como arbitro institucional, condiciones ausentes en la Venezuela actual. Por añadidura, el chavismo controla estructuras de poder más verticales que el franquismo tardío, incluyendo redes de narcotráfico que afectan directamente a Estados Unidos.

Rubio reconoce estos límites cuando fija un horizonte de tres a seis meses para los primeros avances sustanciales, significativamente más corto que el inicio del proceso español. La diferencia temporal refleja la presión geopolítica actual: Estados Unidos requiere una estabilidad regional rápida para contener las migraciones masivas y conservar los intereses energéticos, mientras que España en 1975 actuaba sin estos condicionantes externos.

La utilización del modelo español por parte de Rubio responde, en última instancia, a una estrategia de legitimación diplomática: presentar el diálogo con los chavistas moderados no como un caso de pragmatismo oportunista, sino como un homenaje actualizado o una reproducción histórica eficaz de una transición democrática ejemplar. Desde España, donde se lleva años criticando lo que se ha dado en llamar el «Régimen del 78», estos halagos superlativos por parte de la superpotencia estadounidense han pillado a más de uno, como se suele decir, con el paso cambiado.