¿Se imaginan que de repente no funcionase la telefonía móvil ni el resto de sistemas de comunicación, los vehículos fabricados con posterioridad a los años noventa, se parasen, los equipos que funcionan con electrónica fallaran, no dispusiéramos de electricidad…? Los expertos en el estudio de las denominadas «tormentas solares» auguran que todo eso ocurrirá en el 2025, en una parte del mundo, como consecuencia de la afectación a la Tierra de uno de tales eventos.
¿Ciencia ficción? No debía serlo para Barack Obama, quien, poco antes de cesar en su cargo de presidente de Estados Unidos, firmó una orden ejecutiva dirigida a secretarías y agencias del gobierno para que desarrollasen un plan de actuación, haciendo especial hincapié en el apagado manual de las centrales atómicas si se producían eventos climáticos espaciales, como las tormentas solares. Ni para los canadienses que, el 12 de marzo de 1989, se enfrentaron a las consecuencias, narradas al principio de este artículo, provocadas por una de esas tormentas.
En las siguientes páginas se van a tratar las tormentas. Y aunque en este caso nos refiramos a unas peculiares, porque son producidas por el sol, han de considerarse en lo que se refiere a sus características y evolución como un fenómeno natural más.
Tiempo meteorológico
Parece claro que, a la mayoría de las personas, nos resulta interesante, cuando no conveniente, conocer el tiempo meteorológico que va a hacer en la zona donde vamos a desarrollar alguna actividad; pues esa información va a influir en nuestra conducta y vestimenta a lo largo de las siguientes horas o días.
De hecho, el tiempo meteorológico es una conversación habitual cuando dos personas, que forzosamente comparten espacio temporal y físico, por ejemplo, en un ascensor, no tienen nada que decirse.
Indudablemente, no es lo mismo llevar a cabo una tarea al aire libre si llueve, nieva, se están produciendo tormentas eléctricas, luce un sol intenso, hace calor, hace frío… Y, sin embargo, no nos preocupa conocer el estado del sol y cómo puede afectarnos este estado. Incluso cuando está demostrado que puede causarnos emergencias catastróficas.
Porque el sol interacciona con todos los objetos del sistema solar, lo cual genera diversos fenómenos que guardan relación con lo que vendrían a ser el equivalente a nuestras cuatro estaciones, pero que en el caso que nos ocupa denominamos ciclos solares, que se repiten cada 11 años aproximadamente.
Tiempo espacial
La descripción de las variaciones que esos ciclos producen, en el ámbito del universo existente entre el sol y la tierra, forma parte de lo que se denomina «tiempo espacial». La meteorología espacial, como la define la Organización Meteorológica Mundial, consiste en «el análisis del estado físico y fenomenológico del entorno espacial natural, en particular el sol y los entornos interplanetarios y planetarios».
Seguro que, leído este texto, quienes tienen competencias en los ámbitos de las seguridades pública y privada, además de preocuparse por las incidencias que pueden producirse en su entorno laboral por causa de los fenómenos meteorológicos tradicionales, buscarán información para saber si durante las siguientes horas o días deben temer, como el famoso galo Astérix, que «el cielo caiga sobre su cabeza».
El sol interacciona con todos los objetos del sistema solar, lo cual genera diversos fenómenos que denominamos ciclos solares y se repiten cada 11 años
Casos de tormentas solares
Para empezar a hablar del asunto, resulta interesante conocer cuáles han sido las tormentas solares más importantes, a partir de que la observación científica y la tecnología han permitido diagnosticar el evento tormenta solar, desde el punto de vista de los daños causados.
Entre el 10 y el 12 de mayo de 2024, una intensa ráfaga de viento solar que llegó a la Tierra desencadenó la migración de la mitad de todos los satélites activos en la denominada órbita terrestre baja (en ella se encuentran dos estaciones espaciales; miles de satélites con funciones científicas o de comunicaciones y posicionamiento: GPS; GLONAAS, BDS y Galileo…).
Inutilizados los sistemas anticolisión de esos satélites, podríamos habernos visto inmersos en el primer «Evento Kessler» (reacción en cadena producida por la colisión de fragmentos de desechos que ya se encuentran en el espacio), lo que hubiera supuesto una catástrofe tecnológica, como mínimo. No obstante, además, se produjeron alteraciones en infraestructuras de suministro de energía en zonas del norte de Europa o de Canadá, entre otros. Científicos estadounidenses del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y otros expertos, piensan que la situación puede volver a producirse en 2025, al encontrarse el sol en fase de alta actividad.
Además, hay una parte atractiva en una tormenta solar: las auroras boreales.
Habría que remontarse a los últimos días de octubre del 2003, para encontrarnos con una situación más crítica provocada por varias de estas tormentas. En concreto, satélites y comunicaciones se vieron afectados, y los aviones cuya ruta pasaba por las regiones polares se desviaron. Incluso en Sudáfrica, donde 12 grandes transformadores se dañaron de gravedad.
En julio de 2000 se produjo la tormenta del Día de la Bastilla, así llamada por coincidir con esta festividad francesa. No produjo grandes daños, pero sirvió para poner a prueba los satélites y sistemas de detección y análisis que se lanzaron e instalaron, a partir de 1989, para monitorear al sol. Año, en el que, como ya se ha escrito en párrafos anteriores, se produjo la más conocida y que provocó el denominado apagón de Quebec.
Si seguimos retrocediendo en el tiempo, nos encontramos, por el contrario, con la más desconocida: la de mayo de 1921, que afectó a varios estados del norte de Estados Unidos y seis provincias canadienses. Obviamente, los daños producidos estaban circunscritos a la tecnología de la época: trenes parados, apagón de luces en calles y edificios o fallos de la red de telegrafía.
Sin embargo, en todo caso, esta tormenta ha sido la más potente sufrida por la Tierra, desde el «Evento Carrington», así llamado por ser el apellido del científico que detectó la actividad solar, el 28 de agosto de 1859, y que alcanzó a observarse incluso en el sur de España. De hecho, ha sido el evento más violento desde que se inician registros de los efectos de las tormentas solares.
La incipiente tecnología hizo que los daños se limitasen a las redes telegráficas de Estados Unidos y de Europa, que estuvieron inutilizadas mucho tiempo.
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